Los testigos privilegiados del nacimiento del horror

23/Abr/2012

El País, Uruguay, Que Pasa, Christopher Dickey

Los testigos privilegiados del nacimiento del horror

21-4-2012
CHRISTOPHER DICKEY
Periodista
Nunca me sentí tan horriblemente íntimo con el Führer como mientras leía Hitlerland. Estaba tan cerca como para verlo, tocarlo, casi olerlo. Lo que Andrew Nagorski (ex corresponsal de Newsweek) hizo en esta disfrutable lectura -construida en torno a la experiencia de varios estadounidenses en Alemania desde el fin de la primera hasta el comienzo de la segunda guerra mundial- es hacer a Hitler tan humano y tan monstruoso como lo fue para los periodistas, diplomáticos, empresarios, aduladores y soldados de Estados Unidos que lo conocieron.
Muchos de ellos tuvieron un acceso privilegiado a Hitler. El lector es constantemente recordado en las páginas del libro exactamente cuánto tiempo el gobierno estadounidense permaneció neutral mientras Hitler perseguía sus fines: la resurrección de Alemania, perseguir a los judíos y aplastar al resto de Europa. Los veteranos reporteros en Berlín le sacaron toda la ventaja posible a la posibilidad de acercarse a Hitler y su mayor frustración fue que veían venir el horror, pero no fueron capaces de llamar la atención de Estados Unidos.
El joven William Shirer, trabajando para la CBS Radio, pudo ver un discurso de Hitler justo antes de la Conferencia de Munich de 1938, donde exigiría que Gran Bretaña y Francia le permitieran a Alemania desmembrar Checoeslovaquia sin disparar un solo tiro. Como un jugador de cartas que revela involuntariamente su mano, Hitler tenía tics nerviosos. Shirer los veía todos desde un lugar en un balcón arriba de Hitler. «Todo el tiempo durante el discurso, amartillaba su hombro, y la pierna opuesta parecía rebotar de la rodilla para abajo», escribió Shirer en su diario. «El público no lo podía ver, pero yo sí… Por primera vez en todos los años que llevaba observándolo, esa noche parecía haber perdido completamente el control sobre sí mismo». Unos días después, cuando Hitler había ganado, Shirer se percató del pavoneo: «¡El tic había desaparecido!»
Muchos de los más reveladores encuentros con Hitler involucran a mujeres. En los primeros años de la década de 1920, cuando casi nadie fuera de Bavaria había siquiera oído su nombre, Hitler se había enamorado de la neoyorquina Helen Niemeyer. Ella era la joven esposa de Ernst «Putzi» Hanfstaengl, un estadounidense de origen alemán, quien por un tiempo sería uno de los más cercanos asesores de Hitler. Helen diría después que su admirador nazi era «un castrado», pero Hitler quería claramente pasar la mayor cantidad de tiempo con ella. Luego del fallido Golpe de Estado de 1923, cuando intentó apoderarse del gobierno de Bavaria, Hitler huyó de la Policía y se refugió en la casa de Helen. «¡Todo está perdido! No tiene sentido continuar.», le dijo a Helen y se llevó una pistola a la cabeza. Ella le agarró la mano al futuro Führer: «¿Qué crees que estás haciendo?», le preguntó y le recordó que muchos alemanes creían en sus ideas. «Ellos te miran con la esperanza de que seguirás». Y eso fue lo que hizo. Luego de escribir Mein Kampf en prisión, y cuando la Gran Depresión golpeó a Alemania en 1930, Hitler conectó con una fibra del descontento nacional. Una década después de su arresto, su poder era absoluto.
Putzi Hanfstaengl aún seguía en escena durante los primeros años de Hitler como dictador y le presentó al Canciller a Martha Dodd, la exuberante hija del erudito embajador estadounidense. «Hitler necesita a una mujer. Martha ¡tú eres esa mujer!», le dijo Putzi a la hija del embajador. Dodd había catado a una serie de jóvenes apuestos en Berlín, e incluso contaba entre sus conquistas al muy agasajado novelista Thomas Wolfe cuando éste visitó Alemania (Wolfe le dijo a un amigo que Dodd era como «una mariposa que revoloteaba alrededor de mi pene»). Pero Hitler no supo cómo manejar la situación cuando Putzi los presentó. Le besó la mano, balbuceó algunas palabras inconexas, le besó la mano una vez más y luego pasó el resto del tiempo echándole «curiosas y embarazosas miradas».
Luego de terminar el libro quedan muchos «qué hubiese pasado si». ¿Qué hubiese pasado si Hitler se suicidaba? ¿O si los diplomáticos estadounidenses que estuvieron al tanto, hubiesen instigado el complot para asesinarlo? Estos testigos directos, ¿hubiesen podido salvar al mundo de la locura hitleriana? Sea como sea, no lo hicieron. Pero el testimonio de lo que vieron e hicieron es historia en una de sus expresiones más vívidas. (Traducción, Fabián Muro)
Vale la pena saber que el autor del libro reseñado por Dickey, Andrew Nagorski, es un especialista consumado en la historia de la Segunda Guerra Mundial y el mundo que resultó de esa guerra. Hitlerland es el quinto libro que Nagorski publica. Otros han tratado sobre la Batalla de Stalingrado, la Viena en los años anteriores al ascenso de Hitler y el deshielo de Europa Oriental luego de la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética.
Muchos de los más reveladores encuentros con Hitler involucraron a a diferentes mujeres».